Ella y su espejo.

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Sin presentación formal ingresó a su casa; su  mirada (la de ella),diáfana, brillaba por la emoción, sus movimientos denotaban nerviosismo, como si la visita fuese de alguien muy importante. Se presentó, se describió con rigor académico, su lenguaje mostraba un caminar de vastos conocimientos. Y, entre charla y charla, fue mostrando su casa, la cocina, la sala de lavado, el cuarto del niño, el pasillo que llevaba a un patio  delicadamente cuidado, su sala de estudio, el comedor. Se hizo rutinario cada encuentro en un lugar distinto, y, al paso del tiempo ella, se iba liberando. Cada día era más Ella y menos lo que esperaban los demás que fuese. Ya se atrevía a desnudarse frente a él sin pudores, aceptando la mirada pulcra de unos ojos que la admiraban cada vez más.

Había si, un secreto, un espacio dentro de la casa que era sólo de ella, que era tan íntimo, que nadie conocía.

Un día sin más, le dijo al interlocutor: “Voy a darte algo que nadie ha visto ni verá, donde nadie ha entrado.” -¿Por qué?- Pregunto él. Y ella sin más, encogiendo los hombros dijo: “porque quiero”.

Y así, desde aquel día, ambos se sumergen en aquel espacio, donde ella es libre y puede hablar, llorar o reír, sin culpas ni miedos.

Ella y su Espejo.

(Imagen: Paul Delvaux. Le miroir. 1936)

Para RASP

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