Mañana de Navidad

Camino al ascensor se encuentra con aquel vecino cuya estampa denota un nivel que no va acorde con el edificio, hubo un tiempo – pensó – donde de seguro su suerte era mejor. Feliz Navidad, sonriendo le saluda, la respuesta sorprendida de él, sale fría y mecánica, sin sabor alguno, casi por protocolo. Ella entra al elevador  pensando en la ausencia de espíritu que hay esa mañana de Navidad. Camino a la Iglesia, ve a la pareja de ancianos, que leales con historia, van del brazo a comulgar, cruzando la avenida divisa la silueta de un barrendero municipal, 25 de diciembre. 11 de la mañana, y ahí está, viene de muy lejos, ha dejado familia, tierras, y ha cambiado sueños ancestrales por otro nacido de la urgencia de vivir, y ahí está limpiando calles.

Se acerca, y con un poco de ridículo temor, le saluda, -Buenos Días, Feliz Navidad – sorprendido él, como quien es descubierto dentro de la invisibilidad,  responde autentico, – Buenos días y Muchas Gracias, Feliz Navidad para usted también – Ella detiene su paso, aquella mirada y sonrisa, el tono de aquellas palabras dichas en un español aprendido a la fuerza, son sinceras, y casi estremecida, agrega – No, gracias a ti, de verdad, gracias a ti –

La ceremonia en la Capilla es rutinaria, nada recuerda del sermón, vuelve a su departamento con la canción dando vueltas en su mente, y con la certeza que aquella estrofa se hizo patente a las 11 de aquella mañana de Navidad: “Cuando Dios me vio tocando ante Él, me sonrió”

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